La sinrazón de ser del objeto útil

  • La Galería Espacio Olvera exhibe los últimos trabajos del artista Arturo Comas. La muestra Lo inútil reta al espectador a cuestionar las bondades de la funcionalidad y a subvertir la idea de lo inútil.

“El arte es distracción, el arte es falso” se oía con voz en off en la proyección de las telas de Buren, Mosset, Parmentier y Toroni en la Bienal de París de 1967. Cualquiera que pudiera escuchar tal afirmación podría deducir, con toda lógica, que efectivamente el arte es inútil. Vivimos en una sociedad donde la funcionalidad es aplaudida a pesar de minimizar en gran medida nuestra capacidad de pensamiento. Nada nueva es esta reflexión, pero sí lo es el modo en que Arturo Comas pone esta idea en evidencia; el artista ha hecho de lo banal y el sinsentido una poderosa arma del pensamiento crítico.

Frente a este panorama, Comas nos ofrece una serie de piezas creadas con el fin de complicar nuestras acciones pero que, como consecuencia, encienden la inventiva y nos mantienen alerta. El juego del objeto puede llegar a ser retorcido:  sus obras no funcionan a través de un juego asociativo del lenguaje, pero sí de la relación entre ideas como, por ejemplo, muletas que no sirven para sostener el cuerpo de una persona: “esto no es una muleta” o “esto no es un spinner” podríamos imaginar que mencionara Magritte, e incluso podríamos elaborar otra idea más: “esto no es inútil”, porque la evidencia de que lo sean realmente no es tal. Los artilugios y el concepto son inseparables y se convierten en elementos indispensables para entender ambos: en este contexto tienen la función de explicarse el uno al otro.

 

 

En sus vídeos y fotografías la imagen del artista se objetualiza, su lenguaje corporal es casi inexistente y el hieratismo lo define; pasa de ser individuo a convertirse en objeto. E incluso podríamos llevar esta idea al extremo y afirmar que ni el sujeto ni los objetos son tales y que se ha variado el significado de ambos. Esta afirmación podría llevarnos por un lado a deducir que sus obras actúan como metáforas visuales, y por otro a hacer referencias al trabajo de Erwin Wurm o -como cita en el texto que acompaña la exposición de Johanna Caplliure- los objetos de Kenji Kawakami, pero no estaría de más poner en valor la impronta personal del artista en todas sus creaciones y su capacidad de dejar en evidencia que la razón puede, en ocasiones, llegar a estar sobrevalorada. Y es que el título de la muestra ya es recibido como un golpe directo al espectador, sobre todo por el riesgo que supone calificar un trabajo propio como inútil, un hecho que desafía a la propia crítica colocándolo en una posición privilegiada frente a ésta -ya que no se puede reprobar un rasgo del que se presume como elemento destacado-.

La imagen del artista se repite en toda la muestra ilustrándonos sobre el uso de las piezas, como si de una especie de manual de instrucciones se tratase. Él se nos presenta con actitud decidida y no le perturba la idea de convencer o no de la eficacia que se le presupone a tal artificio, e incluso parece complacerse de la enorme distancia que crea entre el “usador” en potencia y las piezas propuestas en la sala. La paradoja reside pues en el delirio de inventar semejantes mecanismos, en el contrasentido de ponernos ante ellos y en el logro de sembrar en el espectador la inquietud y curiosidad del por qué. Lo inútil es por tanto una utopía materializada, el desafío al sentido común, una muestra estructurada desde la precisión y la intencionalidad de que el objeto no sirva estrictamente para nada; y es por ello que la muestra supone una lección sobre la sensatez de lo absurdo, porque asumir la inutilidad es un acto de enorme coherencia.

 

 

Como conclusión, Lo inútil no sólo parece una huida de la lógica, sino que también es una búsqueda hacia algo inconcreto a través de medios impredecibles que concluyen en un final estéril y seductor. Y es que el artefacto inútil nunca es erróneo porque nada se espera de él, de modo que todo lo que provoque será considerado una virtud -como la sonrisa, generoso obsequio propio de lo excéntrico-. Sus piezas nos permiten librarnos de la tiranía de la funcionalidad y del yugo de la utilidad, un estigma que el arte lleva arrastrando desde su nacimiento. Pero el arte también consiste el derribar horizontes, algo que desde luego no suena a tarea fácil. Puede ser, entonces, que no sea tan inútil.

María Arregui Montero

 

Hasta el 27 de Enero
Galería Espacio Olvera