Apariencia, máscara y diversidad identitaria. Sobre DRAGOMAN, de Aitor Lara.

Publicado originalmente en El Diario de Sevilla

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‘Downtown, Detroit’, una de las imágenes de Aitor Lara (Baracaldo, 1974) que recoge esta exposición. / Aitor Lara

 

La Casa de la Provincia muestra hasta el día 19 una serie de retratos de honda impronta humanista realizados por el fotógrafo vasco afincado en Sevilla Aitor Lara.

El trabajo de Aitor Lara nos acerca a la realidad de las minorías sociales, y eso es lo que nos muestra su proyecto Dragoman: la esencia humana en su increíble diversidad, en el que la decrepitud convive con la belleza, la melancolía con la esperanza y donde la fotografía interviene como potente mediador y también como catalizador en la medida en que hace visible aquello que podría pasarse por alto. Hablar de la mirada del fotógrafo se ha convertido en un cliché; sin embargo, la fotografía no es sólo mirar a través de la cámara -esto sólo es parte del proceso- sino que nace de la conjunción entre mente, impulso, inquietud y entusiasmo, todo coordinado para confluir en un golpe de disparador.

Lara expone aquí una amplia demostración de los modos de entender el concepto -o más bien, los conceptos- de identidad. Las obras que conforman la exposición no pertenecen a una misma serie, pero sí a una misma manera de dirigir la mirada al mundo, con la que el autor nos acerca a lugares lejanos y a diferentes modos de vida. En la muestra conviven fotografías que han sido extraídas de su contexto original para crear un diálogo entre ellas y abrir así nuevas vías de reflexión.

Dragoman es un juego de palabras. Según Lara, se trata de un término arcaico de origen oriental referente a un intérprete o traductor en épocas de guerra. Del mismo modo que el intérprete tiene que mostrar su habilidad para traducir significados, fotografiar se convierte también en un acto de interpretación. Es decir, la imagen guarda la subjetividad de quien la capta y, después, de quienes la observan. En el aspecto formal, las fotografías responden a la atemporalidad que les otorga el blanco y negro, pero no sólo no nos ceñimos a un tiempo, sino que tampoco lo hacemos a un espacio, ya que muchas de las imágenes -por ajenas que nos parezcan- pueden estar tomadas en un lugar muy próximo a cualquiera de nosotros. Esta circunstancia nos sitúa dentro de un marco que no es inclusivo ni excluyente, sino meramente para la observación: el visitante se convierte en descubridor de recónditas realidades. La muestra alude a la idea de la máscara -en ocasiones literal, en otras figurativa- como alternativa a la identidad original, como un recurso del individuo para afrontar la vida. No obstante, los retratados guardan en su mirada la verdad que tras ellos se esconde.

Los personajes comparten una gran dignidad en su manera de mostrarse, con expresiones plenas de experiencias vividas, problemas, adversidades. Pero también hay lugar para la complacencia visual, como en la Representación de orisha Obatalá (2010), cuya pose se acerca tanto al retrato de moda, que recuerda la Dovima con elefantes de Richard Avedon. Dentro de la galería de retratos, llama la atención Gipsy Woman (2005), donde vemos a una hermosa joven de Uzbekistán con su bebé en brazos. Su rostro refleja una serena melancolía, y su mirada la aceptación de la dureza de su entorno, aunque sus ojos no pueden ocultar un atisbo de certidumbre. De algún modo, esta extraña belleza se conjuga con el desamparo en la fotografía y nos remite a la célebre Madre migrante que Dorothea Lange retrató en 1936 junto a sus hijos y cuyas circunstancias hacían que aparentase mucha más edad, como igualmente ocurre en esta imagen. Una impetuosa escena, Downtown, Detroit (2014), nos provoca una sensación entre la admiración y el desconcierto. Se trata de una figura femenina con gesto soberbio y que desprende una gran seguridad. Las cicatrices en su pecho y sus brazos nos hacen intuir un pasado dramático que quizás quiera dejar difuminado en la memoria, como difuminada queda su mirada tras el humo de su cigarro. Cierto es que cada fotografía contiene un carácter propio y diferente. No sólo el retrato es entendido como reproducción de la imagen, sino que también profundiza en su psicología. La obra que cobra mayor protagonismo es la composición de retratos dedicada a Manuel Molina (2014). El movimiento captado por Lara aporta los diferentes registros del personaje e incluso resulta inevitable comparar la expresión de alguna de las fotografías con Saturno devorando a sus hijos de Goya.

En definitiva, Dragoman retrata todos los sitios y ninguna parte, varias identidades y ninguna; es la mirada del fotógrafo que viene y va para mostrarnos su percepción humana y humanizadora en cualquier contexto.

 

María Arregui Montero

 

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