LA DEGENERACIÓN DEL GÉNERO. CONFLICTOS DE UNA CONDICIÓN ALEATORIA

 

Soy un lugar común

como el eco de las voces

el rostro de la luna.

Tengo dos tetas -diminutas-

 la nariz oblonga

la estatura del pueblo.

Miope de lengua vulgar,

nalgas caídas,

piel naranja.

Me sitúo frente al espejo y me masturbo.

Soy mujer

la más común

entre las comunes.

Regina José Galindo

 

 

1.1. Problemática de la indefinición de género.

Siempre, y en cada palabra, hablo por mi, no represento a nadie más que a mí misma.

Hablar de género femenino supone hablar de uno de los asuntos más complejos y amplios que existen, porque no se ciñe sólo al género ni al individuo, sino que implica maternidad, familia, roles muy contradictorios, casa, trabajo, opresión, liberación, cultura, sexualidad, religión… implica segundas y terceras personas, implica toda una sociedad y a toda su historia.

Lo que emito aquí son apreciaciones sobre diversos asuntos referentes al tema que ahora nos compete. No es una visión teórica especializada sino consideraciones desde dentro del género femenino, forjadas desde la condición y experiencia propia. No es una exageración, ni tampoco un drama continuo, pero es un peso. El conflicto que existe entre lo que uno es, lo que le gustaría ser, el querer ser lo que se es pero sin ser castigado por ello o recibir trato diferente puede conducir a un estado de desinhibición, actos de liberación, reivindicación, coraje, etc., es decir, a algunos de los principales impulsos de la creación y el discurso de género.

La Real Academia de la Lengua Española, en su primera acepción define género como conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes.  Según esta afirmación podríamos hablar de infinidad de géneros, y lo digo por la necesidad como espectadora y como mujer de que se descentralicen las connotaciones de género del ámbito estrictamente femenino. Entiendo género como una cuestión meramente aleatoria exenta de vinculaciones meritorias: no es una elección en primera instancia, pero sí lo es el modo de relacionarnos con él tanto de manera privada -con nosotros mismos- como pública -en la interacción con los demás-.

Creo en la necesidad urgente de liberarse de muchos prejuicios y complejos para hablar de género, de arte y género, de feminismo, de las mujeres y su papel -papeles más bien- en la sociedad de cada lugar y cada época. En repetidas ocasiones lo femenino en el arte se muestra con fiereza en un intento de transgredir la imagen de mujer modelo, prudente, débil y dócil, obediente, a la vez productiva y siempre complaciente. El peso de este estigma es asfixiante y provoca muchos conflictos a nivel interno de quien no sabe si está cumpliendo con las expectativas que de ella se esperan. A artistas como Louise Bourgeois le debemos una visión más amplia de la mujer en el arte, ya que aportó una visión de mujer desde la mujer no como elemento de inspiración y ente pasivo, sino como ser de vísceras, enérgica, de fuerza, violenta y desde luego, sensible. Ella ayudó a evidenciar de manera rotunda las contradicciones de los roles femeninos, sus necesidades y hastíos, vivió y creó soportando el peso de su género. Otras artistas, como Regina José Galindo, quien se atreve a dar no sólo la cara, sino todo su cuerpo, para poner sobre la mesa los problemas reales -y no sólo de las mujeres- de violencia, tortura y exclusión cuya existencia son negadas en muchas ocasiones por las autoridades políticas. A muchas más de ellas conocemos que se quedan en el tintero.

 

 

1.2. Lo anacrónico, indeseable y necesario de la reivindicación. Género, cliché y conceptos estancados.

El género ha pasado de ser una mera cuestión aleatoria y condición natural a ser una responsabilidad, un compromiso. Para explicarme, expondré que primeramente la reivindicación me parece anacrónica porque la discriminación me lo parece. Que la reivincidación me parece indeseable, porque la discriminación me lo parece. Y aunque anacrónica e indeseable, me parece igualmente necesaria, porque mientras exista la discriminación debe existir la reivindicación y sólo desearía la desaparición de ésta por consecuencia de la desaparición de aquella.

Cada llamada de atención por la falta de presencia de nombres femeninos en algún evento es un síntoma punzante y doliente del estancamiento en los antiguos pensamientos y parámetros de esta vieja sociedad. Es relativamente fácil desacreditar a una mujer que reivindica la posición merecida de su género alegando un feminismo trasnochado, o ese término tan abominable que está últimamente de moda y que conlleva unas connotaciones muy radicales. La discriminación no siempre es algo explícito ni visible, sino que su peligro reside en la sutileza, lo silencioso de su actuación y la fiereza de su efecto. Al igual que no nos encontramos ante una sociedad igualitaria -aunque sea la más igualitaria que hayamos podido conocer- tampoco nos encontramos en el arte en una situación de igualdad. No creo tampoco que sea causa de un complot premeditado, sino que me inclino a pensar que se trata de una tendencia inconsciente y primitiva de la que todos, de algún modo, somos víctimas.

El arte expone la problemática real de la insuficiencia integradora de aquellos sectores que, aunque queramos cegarnos por ser el camino más fácil, sufren discriminación. Es necesario dejar los complejos a un lado para poder afrontar y apoyar a los profesionales -tanto artistas como galeristas, comisarios, gestores culturales, críticos, teóricos- que trabajan en esta línea. No pasa nada por hablar de género, no pasa nada por dar una opinión de la feminidad, no pasa nada por hablar de feminismo, hay que dejar de tenerle temor a esa palabra. Ser mujer no es un error y ser feminista tampoco, ni siquiera se es por decisión propia sino por un compromiso que nace por obligación ética. La negación del feminismo sería negar el avance que aún necesitamos en la sociedad y asumir la posición de desventaja. Una desventaja que quienes no la han sufrido, podrían no terminar de entender; al fin y al cabo la ceguera y la negación son las más cómodas, destructivas y comunes de las posiciones.

 Hay mujeres que odiamos el hecho de que tengan que existir iniciativas que defiendan nuestros derechos y nuestra visibilidad porque eso supone que aún necesitamos que nos defiendan, y eso para nosotras son malas noticias. La sociedad debe entender que los eventos que se crean sólo para la participación de mujeres son una respuesta a natural no sólo a la represión -porque muchas veces no son cuestiones represivas- sino al modo en que se ha obviado las necesidades de este género. No por ello comulgo, sin embargo, con las iniciativas que, aun entendiendo y agradeciendo su buena intención, no incluyen la participación del resto de géneros, ya que entiendo la igualdad sólo y únicamente si es ejercida desde la propia igualdad -nunca entendí el concepto “discriminación positiva” porque la discriminación no es ni podrá ser nunca positiva-.

Toda imagen que se proyecte y configure un cliché debería replantearse, como ocurre con el color rosa como elemento identificativo femenino y que a muchas nos incomoda, o cuando se tiende a masculinizar la imagen de la mujer -como el famoso cartel We Can Do It!-; no se pretende a igualdad en cuestión de género, no queremos ser hombres, no necesitamos ser hombres, no podemos serlo. Simplemente queremos ser mujeres sin que nos lo recuerden -ni siquiera que nos lo recordamos nosotras mismas-.

 

 1.3. La necesidad de la memoria como fundamento de la igualdad.

Es curioso el modo en que estos temas provocan cierto nerviosismo en muchas personas, sin embargo, cuando la sociedad se incomoda por algún aspecto referente a lo femenino es positivo y sintomático de que, de algún modo no consciente, son capaces de empatizar con nosotras. Por supuesto hablo de género y hablo de mujeres, quizás porque me tocó esa condición, quizás porque adquirí un compromiso, quizás porque no puedo ser otra cosa. A veces no lo pienso, a veces se me olvida, y otras veces me lo recuerdan -lo que pesa no es el género, sino las situaciones a las que te arrastra-.

Hablar de arte y género en el ámbito femenino deriva inevitablemente a hablar de feminismo, de ese feminismo igualitario cuyas bases debemos a Simone de Beauvoir y que a día de hoy se cree superado por un preocupante porcentaje de la población -y lo alarmante es que se trata de población muy joven-. Hablo del género en un proceso de degeneración porque la negación de la necesidad de seguir poniendo en valor el papel de la mujer, su relevancia y su trabajo es dejarle el campo abierto de nuevo a la discriminación. Se perciben continuamente ataques a la necesidad del feminismo alegando ser algo anacrónico e innecesario, como rabietas de mujer que habla desde el dolor menstrual, algo poco digno sobre lo que reflexionar, asuntos de mujeres, algo pasado de moda -como si la dignidad, el respeto y la libertad fueran cuestión de modas-. Pero la verdad es que existe una realidad que no es visible en las calles y que el género, el feminismo y las problemáticas del papel de la mujer se está convirtiendo cada vez más en un tema tabú. La sociedad no puede bajar la guardia, ya que eso implica dar pasos de gigante hacia atrás, y en el arte se manifiesta este peligro como reflejo del contexto en el que vivimos. Transmitir a las nuevas generaciones que no hay diferencias lo único que ha dado como resultado -al menos en nuestro país- es que según el CIS en el último estudio de 2015, una de cada tres jóvenes acepte que su pareja la controle, y que España sume la vergonzosa cifra de treinta mujeres asesinadas a manos de sus parejas según el último informe emitido en el mes de septiembre por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. O que cada año la media de denuncias por malos tratos sufridos por mujeres supere las 120,000 -y recuerden que las denuncias falsas son una inmensísima minoría-. Sólo son un par de datos que no conviene olvidar.

Volviendo a las cuestiones artísticas, sinceramente, ojalá algún día tengamos que dejar de dejar de “celebrar” eventos sólo para nosotras, ojalá deje de haber discusiones y llamadas de atención porque a las y los olvidadizos se les pasó incluir un número representativo de mujeres a sus listas en los proyectos, ojalá no tenga que incluirse con calzador un obligatorio cincuenta por ciento de mujeres porque se nos van a echar las feministas encima. Ojalá, de verdad, acabemos ya con estos prejuicios, nos ciñamos a la calidad artística, al valor de los discursos, a hablar de arte.

El género, los géneros, el intergénero, siempre tendrán mucho que decir, pero espero que más pronto que tarde, puedan hacerlo desde la más absoluta igualdad.

 

 

María Arregui Montero

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s