La pintura en fuga

 

El color y su planitud no comienzan ni concluyen sino que son una prueba de eternidad.
¿Puede existir algo más complejo de descifrar la esencia de un elemento, de un ser, de un
objeto? “Nada más profundo que la superficialidad”1 escribía Kandinsky, y es que no hay nada más difícil que condensar la experiencia humana en los elementos más primarios para reivindicar, a través de éstos, un modo propio de entender el mundo que nos rodea.

Rainer Splitt nos habla a través del color de la ausencia y presencia constantes, el blanco y el negro como dos absolutos que se ven interrumpidos por el color, que es la vida –y tras ella, de nuevo la ausencia, de nuevo lo absoluto–, planteando el acto de creación como un símil de la existencia, como un cobijo, la vida como intervención. Sus piezas son realmente, una pintura a la fuga. La pintura, más que escaparse, se derrama fuera de un margen condicionado donde el color se comporta como los estados del sentir humano: se desborda tentando a la suerte, desafiando los límites de la forma a riesgo de caer –posiblemente, en el olvido–.

Una exposición individual, Colors and Gravity de Rainer Splitt, donde el artista alemán exhibe su posicionamiento ante el modo de convivir con el color, la forma y el espacio– acoge una obra invitada de un artista próximo a nuestro contexto: Miguel Ángel Rodríguez Silva. La pintura en fuga es un proyecto concebido para interrogar a la propia pintura y a su tradición, presentando a dos artistas en activo, un sólo espacio, dos contextos diferentes y un mismo interés por el estudio del color. Ambos artistas llevan el reduccionismo al extremo para incrementar así la pureza del mensaje. Las Pouring Box de Splitt –que nos traslada de manera inmediata a las obras minimalistas– acogen la mirada del espectador para adentrarlo en una experiencia donde la cuidadosa ejecución de la obra contrasta con las huellas del paso de la pintura. En medio de la linealidad y armonía que en un primer golpe de vista transmiten estas piezas, se atisban los caminos que el pigmento ha recorrido y las formas que, a modo de estalactitas, permanecen solidificadas: no existe intencionalidad de difuminar el comportamiento natural de la propia pintura. En estas obras se aúnan, pues, el acto controlado de verter y desalojar la pintura, y el libre proceso de solidificación de ésta.

El color invade el espacio y lo hace suyo: sobrepasa el papel (paperpools), escapa de las cajas
y busca desprenderse de esa condensación forzosa y se expande, incluso, por el suelo. Los
colores se suponen, como lo hacen en nuestra vida los acontecimientos que nos terminan
conformando como las personas que hoy día somos. Capa sobre capa, experiencia sobre
experiencia, cada una de ellas nos modifica.La pintura se incorpora al espacio de un modo medido y premeditado, dispuestos bajo una preocupación de producir en el ojo que contempla un choque para trascender lo meramente visual, creando un lenguaje propio de la pintura donde sólo hay pintura, “el espacio es a la pintura lo que el discurso a la narración”2. Hablamos pues de la sencillez de un medio como lo es el empleo de la monocromía, para elaborar un complejo lenguaje como complejo es el ser humano. El color y su planicie recalca la identidad del medio “lo que ves es lo que hay”: el color se impone, y Rainer Splitt viene para reafirmarlo.

Rodríguez Silva conoce bien el color y sus cualidades, en el que ha trabajado durante toda su trayectoria. Sobre él ha indagado desde la accidental morfología que produce el gesto hasta el absoluto control en la superficialidad del objeto. Sobre las piezas presentes en esta muestra –concebidas sobre metal– el color adquiere todo el protagonismo, un color que además, el artista entiende como fragmentos de algo infinito. Rodríguez Silva provoca a la pintura jugando con sus límites, radicalizando el empleo de la monocromía en cada una de las piezas que hoy nos traen a este espacio, para evitar así la contaminación visual y perceptiva. Esta actitud de mínima intervención ante la pintura es, ante todo, una aspiración a la pureza del pigmento, pero el pigmento entendido como prolongación del propio artista que confirmando el color, se confirma a sí mismo, a modo de autorretrato.

Los paralelismos entre las piezas de Splitt y Rodríguez Silva no radican únicamente en el uso de la monocromía, sino que a nivel de materia y forma encuentran interesantes puntos de conexión: la obra invitada aparece en primera instancia en un formato bidimensional, sin embargo, una mirada más detenida nos descubre una tímida búsqueda de la tercera
dimensión, donde el metal busca elevar y proyectarse multiplicando el plano de su visión.
Blanca de Nápoles, Sombra de Marfil y Naranja de Cadmio se presentan cada una como
extensión de otra, ya que la elevación produce un nuevo juego de luces y sombras, como
piezas que parecen desplegarse y que a su vez se interfieren. De este modo, Splitt y Silva convierten en una ambigüedad los límites entre pintura y escultura, y es que como resultado de su modus operandi aparece un color que no es tal –el color líquido en el suelo, es mucho más que simple color, es materia y forma– un escultura que no es sólo escultura y un cuadro que se eleva más allá de su condición inicial de planicie bidimensional.

En esta reducción representativa y matérica no existe mayor asociacionismo que la pureza
esencialmente sensible y emocional: hay materia sin color pero no hay color sin materia. Un invitado silencioso que aguarda con sintonía y carácter propio; otro modo de entender y
comunicar el color, donde plano y superficie se aúnan en un solo objeto. Los modos de crear de Rainer Splitt y Miguel Ángel Rodríguez Silva son, en definitiva, un modo de entender el mundo y vivir en él. Como todo arte, como toda manifestación humana. En ellos, así como en sus obras, el color se justifica a sí mismo, como las emociones, no se explican, simplemente son, existen, nos condicionan.

María Arregui

1KANDINSKY, Vasily. De lo espiritual en el arte. Visor 2010. Madrid, Paidós Estética, pág. 94.
2 BOZAL, Valeriano. «El arte y el lenguaje» Historia de las ideas estéticas y de las teorías artísticas contemporáneas Vol. II. Visor, 2002. Madrid, La Balsa de la Medusa, p. 23

Rodriguez Silva

Sombra de Marfil, Naranja de Cadmio. Miguel Ángel Rodríguez Silva

60_img8721-copiar

Pouring Box, detalle. Rainer Splitt

60_pouring-box-citroen-2013-copiar

Pouring Box (Citroën). Rainer Splitt

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s