Miguel Trillo La estirpe de la calle. Retrospectiva Espacio Creación Contemporánea de Cádiz (ECCO) Cádiz

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Miguel Trillo. En Seúl, 2007

 La relación de la fotografía con la historia es algo más bien reciente, y aunque breve, no ha podido ser más fructífera. Cada día se nos hace paulatinamente más difícil –hasta llegar al imposible– concebir nuestro día a día sin haber cosechado testimonio fotográfico; sería como si no hubiéramos transitado la experiencia sin la existencia de una imagen que lo atestigüe. La fotografía no es sólo la congelación de un instante, es testimonio de nuestro transcurrir en la vida. Es, más allá de los rasgos que tradicionalmente se le atribuyen, una oportunidad de viaje temporal y de acercar al espectador a ese contexto que le era desconocido. Prueba de ello es la muestra de la obra del artista Miguel Trillo (Jimena de la Frontera, Cádiz, 1953)  que acoge hasta el mes de marzo de 2014 el Espacio de Creación Contemporánea de Cádiz (ECCO), denominada La estirpe de la calle, exposición retrospectiva, comisariada por Héctor Fouce.

En la historiografía, la aparición de la fotografía ha supuesto un elemento básico y fundamental a la hora de atestiguar un hecho, e incluso de toda una época: el interés por retratar los sectores sociales ha suscitado históricamente el interés de los artistas, convirtiéndose en tema recurrente, pero con visiones dispares y nunca igual. Al tiempo que se nos ha demostrado –a través del arte principalmente– que los estamentos sociales no han innovado en su concepción, también hemos observado cómo cada creador los ha reflejado de un modo personal. Miguel Trillo ha dedicado la mayor parte de su trabajo a plasmar la identidad de estos sectores, que representa toda una etapa de la historia más reciente, entre ellas la de mayor efervescencia creativa en nuestro país: la movida de los ochenta, en la que la voluntad de hacer se erigía por encima de las dificultades económicas y políticas. Su trabajo, más allá del documento fotográfico es una prueba testimonial de la realidad de su entorno y en la que se muestra las diferentes vías hacia las que se han ido desarrollando y mutando a través del paso de los años.

La muestra arranca con retratos de la movida, en la que se adentra y forma parte. El ansia de libertad se respira en cada imagen, en las que se percibe la reivindicación por desinhibirse así como una ideología de libertad con imagen propia e irrepetible. La fuerza arrolladora que desprendió este momento histórico español –y que ha quedado vertida en estas fotografías– no sólo sigue siendo objeto de estudio y admiración en nuestros días, sino también un referente. Debido al corto espacio temporal que nos separa de este hecho, y a pesar de la documentación, el valor de la imagen se ve incrementado: el testimonio se registra fotográficamente, y aquellos que no vivimos esa época a pesar de lo “reciente” podemos palpar su ambiente; Miguel Trillo congeló para nosotros su contexto socio-cultural posibilitándonos su conocimiento, acercándonos a la lejanía que un día fue presente.

La juventud –siempre presente en su obra– es la promesa del futuro. Son, en definitiva, el mejor ejemplo del reflejo de la necesidad de cambio de una sociedad, y en estas fotografías se convierten en la imagen de la lucha de unos ideales, o cuanto menos, de una actitud. Estos jóvenes entablan una intención comunicativa a través de su aspecto, elemento con el que muestran su estado, en qué contexto se encuentran y qué utopía ansían, y que de manera natural conforman agrupaciones, casi uniformadas, de rasgos comunes. A su vez, esta suerte de rebeldía que queda impregnada en las imágenes de Trillo forma parte del temperamento del artista, que va más en función de la viva curiosidad alimentada por una comparativa constante entre los modelos de estética que se establecen. Esta curiosidad ha llevado a Trillo a dedicar más de tres décadas a la búsqueda de estas tribus por toda la geografía, desde Madrid y Barcelona hasta Nueva York, pasando por Tokio o Shanghai, cuyos retratos simbolizan la expresión del artista a través del objeto retratado, valiéndose se esos modelos improvisados que el azar y las circunstancias le han puesto frente a su objetivo.

El encuadre es sencillo pero sincero, una imagen sin artificios cuya extravagancia viene dada por el sujeto fotografiado, pero no se muestra forzada sino que surge como un fenómeno natural con carácter de rebeldía, una esencia sin pretensiones que emerge por derecho y consciente de su lugar en la sociedad, un lugar que sus mismos protagonistas han creado.

El artista encuentra el impulso creativo en el presente, en lo recóndito, pone en primer plano las segundas filas de la sociedad. Esto nos lleva a tomar consciencia de que nuestro ahora no es trascendental, pero que puede llegar a serlo. Además, es también digno de establecer una reflexión en torno a la otra parte, es decir, la fotografiada: los sujetos se muestran con una actitud que casi podríamos considerar como regia, dispuestas a pasar a la posteridad convencidos de sus valores presentes. Estos sujetos son conscientes de su singularidad e individualidad, que se distinguen del resto, que componen rasgos, y que con ello están contribuyendo a consolidar las características que marcan una época, y que de alguna manera se desprenden de la masa globalizada de la que paradójicamente extraen sus estéticas. Esta época global, se compone de fragmentos de lo cotidiano, y es en ello precisamente donde hallamos la esencia de la verdad; los grandes acontecimientos, por su naturaleza eventual y esporádica se desvanecen en el recuerdo, su veracidad se minimiza. Es el día a día lo que ratifica lo real.

Finalmente, como parte anecdótica de la exposición, se muestra en un apartado otros trabajos del autor sin alusiones al trabajo general de las tribus características de Trillo y que aportan otra visión creativa del fotógrafo, una línea de trabajo de merecida mención en esta retrospectiva, y que ocupa rincón en una de las salas. Además, en distintas vitrinas se encuentras exhibidos otros proyectos en diferentes formatos –revistas, libros, sellos… – con lo que vemos que, en ocasiones, sus imágenes adquieren un valor objetual, abandonando su sentido como fotografía para pasar a una morfología con diferente función utilitaria. Esta disposición en la que la fotografía se ve despojada de su soporte incita a reflexionar sobre el sentido de la fotografía como tal, cambia su significado y adquiere nuevos significados.

Las piezas son en última instancia la plasmación del temperamento y reflejo del ser del artista, un elemento que nos da la pistas de su ser interior, sus intereses e inquietudes. Un metalenguaje que el espectador tiene la responsabilidad de descifrar y desplegar en múltiples lecturas dependiendo de la capacidad individual de indagar en la subjetividad. Y será el resultado de todo su trabajo lo que lo defina, un acto cuyo valor puede comprenderse únicamente en su conjunto, una visión global que nos acerca a un entendimiento concreto, a un modo de entender la vida, en este caso, la vida de Miguel Trillo.

María Arregui

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